Las traboules francesas

por el 2 Enero 2013

Pasadizos bajo viviendas que conectan calles

Cuando visitamos países desconocidos para nosotros es común toparse con lugares que aunque no estaban en nuestro recorrido planificado nos sorprenden positivamente y por algún motivo acaban enamorándonos. Eso es lo que me sucedió a mi en mi visita al viejo Lyon. Sin buscarlo dimos con algo tan tradicional y casi tan antiguo como la ciudad: las traboules. Traboule es una palabra lionesa que viene del latín “trans-ambulare” y significa pasar por. Las traboulares son estrechos pasadizos y patios que discurren bajo los edificios comunicando unas calles con otras.

Pero las traboulares no son específicas de Lyon, en otras ciudades francesas también podemos encontrarlas aunque sea bajo otro nombre como es el caso de Saint-Etienne, Chambèry, Villefranche o Marsella. Con un nombre u otro, todos estos pasadizos tenían una misma finalidad en la Edad Media, ahorrar tiempo a sus ciudadanos. En Lyon por ejemplo, su primera finalidad era que los ciudadanos llegasen rápidamente hasta el rio Saona para aprovisionarse de agua. Mas tarde se crearon pozos comunes en los patios y acabaron utilizándose para otros menesteres.

En la actualidad, prácticamente sirven para el deleite del turista que se ve transportado a épocas lejanas. En alguno de sus callejones es posible ver alguna tienda de ropa y accesorios medievales que intenta explotar el tirón de las traboules y que le dan todavía más realismo. Lo mas curioso, por lo menos desde mi punto de vista, es que los edificios que están sobre las traboules están habitados. Una placa en la entrada del pasadizo avisa de ello “Por favor, respeten el descanso de los vecinos”.

Al principio muchos de los vecinos se quejaban de la falta de higiene, el coste del mantenimiento y en ocasiones la poca seguridad que se respiraba en los traboules y como consecuencia fueron dejándolos en el abandono. Es por ello que finalmente en el año 1990 se crearon una especie de acuerdos entre el gobierno y los vecinos para que todas estas deficiencias se vieran solventadas a cambio de que las traboules se convirtieran en lugares públicos para el disfrute de todo aquel ciudadano que decidiese pasar por ellos.

Personalmente aconsejo la visita a uno de los más de 300 traboules que tiene la ciudad, o a cualquier otro de los que hay repartidos en otras ciudades. Es una mezcla de sensaciones: un lugar tenebroso donde cada rincón está ocupado por las sombras tililantes pero que al mismo tiempo te atrae con sus techos bajos, sus barandillas y ventanas de madera y sus puertas desgastadas por el paso del tiempo.

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