Hay pueblos que se entienden caminando y otros que se entienden mirando hacia arriba. Sos del Rey Católico pertenece al segundo grupo: el caserío trepa por un espolón rocoso en el extremo noroeste de la provincia de Zaragoza, asomado a la Sierra de Peña Musera y a un horizonte de campos de cereal que en julio amarillean hasta el límite con Navarra. Desde la carretera, el perfil de la iglesia de San Esteban y los restos del castillo dibujan la silueta exacta que tenía cuando aquí nació un niño llamado a cambiar la historia peninsular.
Los cinco pueblos colgados sobre el mar de Liguria no se diseñaron para el coche. Las carreteras llegan tarde y mal, los aparcamientos son caros y están lejos del casco. La buena noticia es que el tren bordea la costa desde finales del siglo XIX y conecta los cinco núcleos en cuestión de minutos, con frecuencias que en temporada alta se parecen más a un metro que a un ferrocarril regional.
Llegas a Termini un martes por la mañana, el aire huele a café quemado y a piedra caliente, y entiendes en treinta segundos que Roma no se deja recorrer con prisa. Las basílicas conviven con tiendas de móviles, los gatos duermen entre columnas del siglo I y un camarero te cobra siete euros por un capuchino sentado en Piazza Navona sin pestañear.
Estambul no se entiende en un fin de semana, pero sí se puede llegar preparado. La ciudad funciona con códigos propios: se regatea, se da propina por casi todo y la diferencia entre dormir en Sultanahmet o en Karaköy puede cambiarte el viaje. Esta es una guía pensada para quien va por primera vez y quiere moverse con criterio, no para quien busca un circuito cerrado.
Llegas a Calaceite por la N-420 y lo primero que notas es el contraste: campos de olivos de troncos retorcidos, almendros, alguna viña, y al fondo un pueblo compacto, todo piedra dorada, plantado sobre una loma. No hay grandes carteles, ni filas de autobuses. Hay silencio, viento y un campanario que se ve desde lejos.
Estambul no se entiende sin sus desplazamientos. Cruzas del barrio histórico de Sultanahmet al moderno Beyoğlu en tranvía, saltas a Asia en un ferry que huele a té recién hecho y vuelves de noche en metro mientras el muecín suena al fondo. La ciudad funciona porque su transporte público funciona: barato, frecuente y casi todo unificado bajo la misma tarjeta.