Llegas a Marrakech con la idea de patearte la medina, y en la primera hora entiendes que "moverse" aquí no significa lo mismo que en Sevilla o en Lisboa. La ciudad vieja es un laberinto amurallado donde el GPS se pierde entre callejones sin nombre, mientras que la zona nueva —Guéliz, Hivernage— se recorre en avenidas anchas donde sí funcionan los taxis y hasta un autobús urbano.
Berlín no seduce a primera vista. La ciudad se resiste, te obliga a rascar la superficie de sus fachadas grises, sus solares vacíos y sus muros pintados hasta que, al tercer día, empiezas a entender por qué media Europa creativa se mudó aquí en los últimos veinte años. No es una capital bonita al estilo de París o Praga: es una capital interesante, que es otra cosa.
Suiza es de los pocos países donde el tren no es solo un medio para llegar: es parte del viaje. La red de SBB conecta valles alpinos, lagos glaciares y ciudades medievales con una puntualidad que roza lo obsesivo, y sobre ella circulan una serie de trenes panorámicos con vagones acristalados pensados para ir despacio y mirar mucho.
Contratar un seguro de viaje se ha convertido en un reflejo casi automático al reservar un vuelo. A veces tiene todo el sentido; otras, es un gasto que se solapa con coberturas que ya tienes por tu tarjeta o por la Seguridad Social. La diferencia entre una cosa y otra está en el destino, en lo que vas a hacer allí y en la letra pequeña.
Volar con un bebé en brazos o con un niño de tres años que no entiende por qué no puede correr por el pasillo es un ejercicio de logística. Y la información que necesitas —cuánto equipaje puedes llevar sin pagar extra, si tienes derecho a una cuna a bordo, cómo se emite el boleto de un menor— rara vez aparece de forma clara en la web de la aerolínea.
Praga se recorre a pie, con el rumor del Moldava de fondo y el tranvía 22 subiendo hacia el castillo. La ciudad ha aprendido a vivir con el turismo —a veces demasiado—, pero basta con alejarse tres calles de la Plaza de la Ciudad Vieja para encontrar hospody (tabernas) donde la media pinta sigue costando lo que vale una botella de agua en el aeropuerto.
Llegas a Termini con la maleta, abres el mapa del metro y piensas que algo falla. Solo tres líneas. Ninguna pasa cerca del Panteón, ni de Piazza Navona, ni del Campo dei Fiori. Tampoco de Trastevere. La sensación es rara: estás en una capital europea de casi tres millones de habitantes con una red de metro más corta que la de Bilbao.
Llegas a Centraal Station un martes por la mañana y lo primero que notas no son los canales, sino el zumbido de bicicletas cruzándose delante de ti con una precisión que asusta. Ámsterdam huele a agua estancada, a hojaldre de la panadería de la esquina y, según la hora y el barrio, a algo más herbáceo. La ciudad se recorre en horizontal, sin prisa, y castiga al que camina distraído por el carril bici.
Hace cinco años, cruzar España en eléctrico era un ejercicio de fe. Hoy es una cuestión de planificación. La red de recarga rápida ha crecido de forma desigual pero constante, y los corredores principales —el Mediterráneo, la A-2, la A-1, la Ruta de la Plata— ya permiten viajes de más de 500 kilómetros sin que tengas que rezar al llegar a cada área de servicio.