La Costa Cálida tiene una particularidad que la distingue del resto del litoral mediterráneo español: dos mares en menos de cien kilómetros. Por un lado, el Mediterráneo abierto, con calas de agua transparente enmarcadas en sierras áridas. Por otro, el Mar Menor, una laguna salada separada del mar por una lengua de arena de 22 kilómetros —La Manga— donde se puede hacer pie a decenas de metros de la orilla.
Canarias tiene 1.500 kilómetros de costa repartidos en ocho islas, y cada una responde a una lógica geológica distinta. Lo que en Tenerife es arena negra molida por el Teide, en Fuerteventura es duna blanca traída por el viento del Sáhara; lo que en Lanzarote es coladas de lava paradas en seco frente al Atlántico, en La Graciosa son calas de arena rubia sin un solo edificio detrás.
Hay un momento en Baleares —a media mañana, cuando el sol empieza a picar y los aparcamientos se llenan— en que decides si vas a compartir cala con doscientas personas o si vas a caminar veinte minutos por un pinar hasta encontrar una playa donde solo se oyen las cigarras. Este artículo va de esa segunda opción.
El Cantábrico vasco no es una costa de postal caribeña, y ahí está parte de su interés. Aquí el mar tiene carácter: sube y baja hasta cuatro metros, huele a algas y a sardina asada en la parrilla del chiringuito, y en agosto no siempre pasa de 20 °C. Las playas cambian con la marea, a veces radicalmente, y una cala que a las once es una lengua de arena dorada a las dos puede haber desaparecido bajo el agua.
La costa cántabra no cabe en una tarjeta postal. Son unos 220 kilómetros de litoral que van de la ría de Tina Mayor, en el límite con Asturias, hasta la desembocadura del Agüera, ya rozando Vizcaya. En ese trayecto caben marismas, dunas fósiles, acantilados verticales y arenales que a marea baja se convierten en pistas de aterrizaje.
La costa asturiana no se parece a ninguna otra del norte peninsular. Aquí el Cantábrico esculpe acantilados verticales, abre agujeros en la roca por los que sopla el mar —los llamados bufones— y esconde arenales diminutos entre prados donde todavía pastan vacas. No hay chiringuitos con música a todo volumen ni sombrillas en fila: hay marea, hierba mojada y, si tienes suerte, un pescador recogiendo percebes.
La costa gallega tiene 1.500 kilómetros largos y una particularidad que la distingue del resto de España: aquí el mar rara vez se comporta igual dos días seguidos. Una playa que a las diez de la mañana es un desierto de arena blanca puede desaparecer bajo el agua a las cuatro de la tarde. Antes de meter la toalla en la mochila, conviene entender que en Galicia se planifica mirando dos cosas: la marea y el viento.
La Comunidad Valenciana tiene 518 kilómetros de costa y, sin embargo, casi todo el mundo repite las mismas cuatro playas. Este verano, si te apetece salir de la Malvarrosa a mediodía o de la Fossa de Calpe en agosto, hay margen para encontrar arena blanca, agua transparente y algún chiringuito que aún cocina el arroz a leña.
La costa catalana se lee mejor de norte a sur, casi como un contraste geográfico deliberado. Arriba, entre Portbou y Blanes, el macizo de les Gavarres empuja el pino piñonero hasta el agua y rompe el litoral en calas de cantos y roca oscura. Abajo, el Ebro descarga sedimentos desde hace siglos y forma llanuras de arena fina que se prolongan kilómetros sin un edificio a la vista.