Lugares de interés son todos aquellos que nos apetezca visitar, pero siempre hay algunos que destacan por su excepcionalidad. En esta sección encontrarás ciudades, pueblos, parques naturales y rincones de gran belleza.
La primera vez que pisas la arena de Haukland, en las Lofoten, entiendes por qué la palabra coolcation ha empezado a colarse en las conversaciones de viajeros hartos del Mediterráneo en agosto. Arena clara, agua turquesa y, detrás, paredes de granito de casi 600 metros. La temperatura del aire ronda los 15-18 °C en julio. La del agua, generosa, apenas llega a 12-14 °C.
Bajas la cuesta desde la carretera general y, antes de ver el mar, lo hueles: salitre, madera vieja y, si la lonja ha trabajado, ese aroma inconfundible del pescado recién descargado. Lastres se descuelga por la ladera hasta el puerto en un desorden de tejados rojos, callejas empinadas y balcones de madera oscura. Está en el concejo de Colunga, en la costa oriental de Asturias, a medio camino entre Gijón y Ribadesella.
Dinamarca no es un país que uno asocie de entrada con playas. Sin embargo, tiene más de 7.000 kilómetros de costa, más que España, y una tradición veraniega muy arraigada: familias que alquilan la misma casita de madera —el sommerhus— año tras año, ciclistas que cruzan el país siguiendo la línea del mar y bañistas que se meten en un agua que rara vez pasa de 20 °C sin inmutarse.
La costa del Benelux no vende postales de arena blanca y agua turquesa. Vende otra cosa: un Mar del Norte gris plata, dunas altísimas cubiertas de espino amarillo, tranvías que recorren kilómetros de paseo marítimo y pueblos donde el marisco se come de pie, con cerveza rubia y viento de cara. Si buscas litoral europeo sin sombrilla apretada ni resort de plástico, el tramo entre Zeeland y De Panne funciona muy bien.
San Francisco cabe en cuatro días si aceptas una cosa: no vas a verlo todo, y tampoco hace falta. La ciudad ocupa apenas 121 km² en la punta de una península, pero tiene la densidad cultural de una capital europea y los desniveles de un pueblo alpino. En un mismo paseo puedes cruzar del Chinatown más antiguo de Norteamérica a un mural chicano de la Mission, pasando por un tramo de niebla que te obliga a sacar la chaqueta en pleno julio.
Alemania no aparece en las listas habituales de destinos de playa, y ese es precisamente el motivo por el que merece la pena mirarla con calma. Sus más de 2.000 kilómetros de costa se reparten entre dos mares distintos —el del Norte y el Báltico— y ofrecen algo que el Mediterráneo ya casi no da: arenales larguísimos, dunas vivas, pueblos pesqueros con calendario propio y una temporada corta que impone su ritmo.
Pensar en playa e Irlanda en la misma frase suena a contradicción hasta que pisas la arena de Keem Bay, en la isla de Achill, un día de julio con 19 grados, cielo limpio y el Atlántico color turquesa. No es Grecia, evidentemente: el agua está fría (entre 12 y 15 °C en verano), el viento entra sin avisar y en media hora puede pasar del sol al chubasco. Pero el litoral irlandés tiene arenales de kilómetros vacíos, dunas altas, acantilados que caen a plomo y un color de agua que sorprende al que llega con prejuicios.
Cuando alguien dice "playa" y "Reino Unido" en la misma frase, la reacción habitual es una ceja levantada. Y sin embargo, el país tiene más de 12.000 kilómetros de costa, con arenales que en un día de julio, sin la etiqueta del Caribe encima, harían dudar a cualquiera de dónde está mirando. La diferencia es que aquí el agua se mide en grados centígrados de un solo dígito buena parte del año, y que la belleza va acompañada de viento, mareas fuertes y cielos que cambian cada veinte minutos.
El archipiélago maltés cabe en un mapa pequeño —Malta, Gozo, Comino y algún islote deshabitado— pero su litoral es un catálogo de geología en miniatura. Aquí no hay ríos que arrastren arena, así que la mayoría de la costa son acantilados de caliza globigerina y coralina, cortados a pico sobre un Mediterráneo que en agosto se pone del color del cristal azul de una botella de agua tónica. Las playas de arena son la excepción, no la norma, y eso condiciona todo: dónde vas, cuándo, y qué esperas encontrar.