Viajar en autocaravana entre octubre y abril tiene una ventaja evidente: las áreas están vacías, los pueblos recuperan su ritmo y los aparcamientos costeros dejan de ser un campo de batalla. Pero también aparece la duda que persigue a cualquiera que se plantee dormir dentro del vehículo: ¿esto es legal?
La Costa Cálida tiene una particularidad que la distingue del resto del litoral mediterráneo español: dos mares en menos de cien kilómetros. Por un lado, el Mediterráneo abierto, con calas de agua transparente enmarcadas en sierras áridas. Por otro, el Mar Menor, una laguna salada separada del mar por una lengua de arena de 22 kilómetros —La Manga— donde se puede hacer pie a decenas de metros de la orilla.
Aterrizar en Ezeiza tras trece horas de vuelo desde Madrid o Barcelona tiene algo de descolocación productiva. La ciudad huele a asado incluso a las diez de la mañana, los taxistas discuten de política como si te conocieran de toda la vida, y los precios —esos precios que llevas meses intentando descifrar en foros— resultan ser otra cosa distinta a lo que leíste.
Canarias tiene 1.500 kilómetros de costa repartidos en ocho islas, y cada una responde a una lógica geológica distinta. Lo que en Tenerife es arena negra molida por el Teide, en Fuerteventura es duna blanca traída por el viento del Sáhara; lo que en Lanzarote es coladas de lava paradas en seco frente al Atlántico, en La Graciosa son calas de arena rubia sin un solo edificio detrás.
Cruzar el Estrecho de Gibraltar en barco es una de esas experiencias que sigue teniendo algo de rito. Catorce kilómetros escasos separan Europa de África en su punto más estrecho, y sin embargo el cambio al bajar la rampa —el olor a menta, el ruido de los mozos, el árabe mezclado con español— es inmediato. Si vas con coche, con caravana o simplemente como peatón, el ferry sigue siendo la vía más práctica para entrar en Marruecos.
Hay un momento en Baleares —a media mañana, cuando el sol empieza a picar y los aparcamientos se llenan— en que decides si vas a compartir cala con doscientas personas o si vas a caminar veinte minutos por un pinar hasta encontrar una playa donde solo se oyen las cigarras. Este artículo va de esa segunda opción.
El Cantábrico vasco no es una costa de postal caribeña, y ahí está parte de su interés. Aquí el mar tiene carácter: sube y baja hasta cuatro metros, huele a algas y a sardina asada en la parrilla del chiringuito, y en agosto no siempre pasa de 20 °C. Las playas cambian con la marea, a veces radicalmente, y una cala que a las once es una lengua de arena dorada a las dos puede haber desaparecido bajo el agua.
Cruzar Marruecos de norte a sur en tren tiene algo de anacronismo agradable. Sales de Tánger con vistas al Estrecho y, unas horas después, bajas en Marrakech con el aire seco del sur golpeándote la cara. Entre medias, la meseta atlántica, los fosfatos, campos de trigo amarillo y el olor a pan caliente en cada parada.
La costa cántabra no cabe en una tarjeta postal. Son unos 220 kilómetros de litoral que van de la ría de Tina Mayor, en el límite con Asturias, hasta la desembocadura del Agüera, ya rozando Vizcaya. En ese trayecto caben marismas, dunas fósiles, acantilados verticales y arenales que a marea baja se convierten en pistas de aterrizaje.