Siete días en Ciudad del Cabo dan justo para conocer la ciudad sin correr y hacer dos o tres escapadas por la península y las viñas de Stellenbosch. Si vienes por primera vez, el plan que funciona es alojarte entre Sea Point y el City Bowl, alquilar coche solo los días que salgas fuera y aceptar que aquí el tiempo manda: la Table Mountain puede estar cerrada por viento tres jornadas seguidas.
Si tienes un fin de semana en el Alto Aragón y dudas entre Aínsa y Roda de Isábena, la respuesta rápida es esta: Aínsa te da más pueblo, más servicios y una plaza porticada que se recorre despacio; Roda de Isábena te da una catedral románica intacta en un caserío de menos de cuarenta habitantes. Si solo puedes ver una y te mueve el patrimonio puro, Roda. Si buscas base para varios días en el Pirineo con cenas, tiendas y rutas cercanas, Aínsa.
Camboya se recorre casi siempre entre dos puntos: Phnom Penh, la capital a orillas del Mekong, y Siem Reap, la ciudad-puerta de los templos de Angkor. La primera huele a gasolina, incienso y sopa de fideos a las siete de la mañana; la segunda, a tierra roja mojada y a los frangipanis que rodean los templos. Son dos formas muy distintas de acercarse al país, y entender qué ofrece cada una ayuda a no repetir el itinerario estándar de 48 horas por ciudad que venden las agencias.
Hanói huele a leña, a café con leche condensada y a caldo de anís estrellado a las siete de la mañana. Ho Chi Minh, a mil ochocientos kilómetros al sur, huele a gasolina de scooter, a pan recién horneado en las panaderías herederas del protectorado francés y a aire acondicionado saliendo de los centros comerciales de District 1. Son la misma Vietnam y son dos países distintos.
Llegas a Elciego por la carretera desde Cenicero y lo primero que ves, antes que el propio pueblo, son las láminas rosadas, doradas y plateadas del hotel de Frank Gehry. Es una imagen tan reproducida que casi produce extrañeza verla en directo, plantada entre viñedos en espaldera y con la sierra de Cantabria de fondo. Pero si te quedas solo con esa postal, te pierdes lo demás: un pueblo de apenas mil vecinos que llevaba siglos haciendo vino antes de que nadie hablara de arquitectura estelar.
Hay una palabra en Osaka que define a sus habitantes mejor que cualquier guía: kuidaore (食い倒れ), literalmente "arruinarse comiendo". No es una exageración de folleto turístico, es un principio vital. En una ciudad donde Kioto reza y Tokio trabaja, Osaka come. Y lo hace con un orgullo casi provinciano hacia dos platos que nacieron en sus calles: el takoyaki y el okonomiyaki.
Kioto no se deja leer rápido. Fue capital de Japón durante más de mil años, desde el 794 hasta la Restauración Meiji en 1868, y ese poso lo notas cuando bajas del Shinkansen y caminas por Gion al atardecer: casas de madera con listones verticales, farolillos que se encienden a la vez, el sonido de unas geta (zuecos) sobre el asfalto. Si vienes con la agenda de "diez templos en dos días", te vas a perder justo lo que hace distinta a esta ciudad.
Llegas a Laguardia desde la llanura del Ebro y lo primero que ves es un cerro coronado por piedra. Muralla ocre, campanario asomando, y detrás la Sierra de Cantabria haciendo de telón. El casco histórico se recorre entero en veinte minutos, pero lo interesante está debajo: bajo cada casa de la calle Mayor o Páganos hay una cueva excavada a mano, algunas de hace más de quinientos años, donde todavía duerme el vino.
Aterrizas en Pekín y lo primero que notas es el tamaño. No es una ciudad, es una escala. Seis anillos de circunvalación, hutongs que sobreviven entre torres de cristal y un metro que mueve más gente cada día que la población entera de Madrid. Antes de perderte en la Ciudad Prohibida conviene tener claras tres cosas: cuánto vas a gastar de verdad, qué se espera de ti socialmente y en qué zona te interesa dormir.