Sales del hotel a las nueve de la mañana en Sukhumvit dispuesto a cruzar la ciudad hasta el Gran Palacio. Miras el mapa: son doce kilómetros. En cualquier capital europea, media hora. En Bangkok, puede que hora y media si eliges mal. La diferencia entre disfrutar la ciudad y odiarla está, casi siempre, en saber qué transporte tomar a cada hora del día.
Londres se recorre bajo tierra, pero también en la cubierta superior de un autobús rojo, con las cúpulas de la City asomando entre los tejados. El sistema de Transport for London (TfL) es de los más completos de Europa, y también de los más caros si no entiendes cómo funciona. La diferencia entre pagar con el método correcto o no puede ser de 20 o 30 libras a la semana.
Llegas a Termini con la maleta, abres el mapa del metro y piensas que algo falla. Solo tres líneas. Ninguna pasa cerca del Panteón, ni de Piazza Navona, ni del Campo dei Fiori. Tampoco de Trastevere. La sensación es rara: estás en una capital europea de casi tres millones de habitantes con una red de metro más corta que la de Bilbao.
Nueva York se mueve a su propio ritmo y tú vas a tener que aprenderlo en las primeras horas. La buena noticia es que es una de las pocas grandes ciudades del mundo donde el metro no cierra nunca, los taxis siguen parando si levantas la mano y la cuadrícula de Manhattan está pensada para que no te pierdas aunque sea tu primer día.
Estambul no se entiende sin sus desplazamientos. Cruzas del barrio histórico de Sultanahmet al moderno Beyoğlu en tranvía, saltas a Asia en un ferry que huele a té recién hecho y vuelves de noche en metro mientras el muecín suena al fondo. La ciudad funciona porque su transporte público funciona: barato, frecuente y casi todo unificado bajo la misma tarjeta.
La primera vez que bajas a una estación como Shinjuku o Shibuya, la sensación es la misma para casi todo el mundo: un mapa de colores que parece un circuito impreso, carteles en kanji que se alternan con romaji y una marea de gente que sabe exactamente a dónde va. Respira. Moverse por Tokio es más sencillo de lo que parece cuando entiendes que no hay "un" transporte público, sino varios sistemas superpuestos que conviven sin pisarse demasiado.
Sin duda alguna, el Metro de Moscú es uno de los más bonitos de Europa, por no decir el mejor. En dura competencia con las obras de arte del Metro de Estocolmo o el Metro de Lisboa, el de la capital rusa es conocido como el Palacio Subterráneo, porque algunas de sus estaciones no merecen en absoluto a los salones principales de los palacios más suntuosos de Europa.
Estocolmo es una ciudad que resulta fascinante para los turistas, paso a paso se podrá encontrar una sorpresa. Uno de los sitios que resultan atractivos es su red de metros, además de ofrecer a los visitantes un medio de transporte realmente efectivo podrá ser un lugar para disfrutar de arte.
Nápoles es una gran ciudad, y como toda gran ciudad, el tráfico en hora punta es enorme y los atascos habituales, especialmente en las zonas más transitads. A eso hay que añadir el especial carácter de los italianos a la hora de conducir (una mala fama ganada a pulso), el carácter del sur ... Todo esto hace una mezcla caótica, más para personas que van de ciudades pequeñas y no se han visto en situaciones así.