Lugares de interés son todos aquellos que nos apetezca visitar, pero siempre hay algunos que destacan por su excepcionalidad. En esta sección encontrarás ciudades, pueblos, parques naturales y rincones de gran belleza.
Tazones no llega a los doscientos habitantes censados, pero tiene una placa que recuerda el día en que un chaval flamenco de diecisiete años puso pie en Asturias sin saber muy bien dónde estaba. Era el 19 de septiembre de 1517 y ese chaval se llamaba Carlos de Gante, futuro Carlos I de España y Carlos V del Sacro Imperio. Venía a reclamar la herencia de su madre, Juana, y a estrenar la dinastía Habsburgo en la península.
Sudáfrica no tiene una playa, tiene tres países costeros pegados. En menos de mil kilómetros pasas del agua a 14 °C del Atlántico frente a Camps Bay a las bahías cálidas del Índico en Durban, donde te bañas en enero con 26 °C sin apretar los dientes. Entre medias, la Wild Coast, un tramo de acantilados verdes y aldeas xhosa donde el asfalto se acaba pronto y el ganado cruza la carretera.
Zanzíbar tiene un problema de expectativas. Las fotos venden arena blanca y agua turquesa constantes, y luego llegas a Paje con la marea baja y descubres que el mar se ha retirado casi un kilómetro dejando a la vista algas, estrellas de mar y mujeres suajili recogiendo mwani (algas cultivadas). No es peor, es distinto. Y conviene saberlo antes de reservar.
Hay un momento, al aterrizar en el Aeroporto Internacional Amílcar Cabral, en el que el paisaje no cuadra con la idea que uno traía. Se esperaba palmera y azul turquesa; aparece un llano marrón, salinas y viento constante. Cabo Verde es eso: un archipiélago volcánico frente a la costa de Senegal donde las playas conviven con desierto, montaña y una música —la morna— que suena en cualquier taberna al caer el sol.
El Mar Rojo no se parece a ningún otro mar del Mediterráneo o del Atlántico que hayas pisado. La costa desciende en muchos tramos como un escalón: das tres brazadas desde la orilla y el fondo cae de golpe sobre un arrecife vivo, con peces mariposa, meros y algún tiburón de arrecife que pasa sin prisa. Esa geología —una fosa tectónica joven entre África y Arabia— es la razón por la que aquí se bucea distinto.
La costa atlántica de Marruecos se recorre en línea recta desde Tánger hasta Dajla, más de 2.000 kilómetros de arena, viento y acantilados de arenisca roja. No es el Mediterráneo turquesa que muchos imaginan al pensar en el norte de África: aquí el océano es frío incluso en agosto, las olas rompen fuerte y las playas cambian de carácter cada pocos kilómetros. Un día caminas por un arenal vacío junto a dromedarios y al siguiente esquivas tablas de surf en un pueblo lleno de furgonetas alemanas.
El Mar Negro no es el Mediterráneo, y ese es justo su interés. La arena es más clara de lo que uno espera, el agua tiene menos sal (alrededor de 17-18 g/l frente a los 36 g/l del Mediterráneo) y en agosto la temperatura ronda los 24-26 °C, cálida sin llegar a sopa. La costa que comparten Bulgaria y Rumanía suma unos 640 kilómetros: 354 búlgaros y 245 rumanos, con caracteres muy distintos aunque parezcan primos hermanos.
La primera vez que pisas la arena de Haukland, en las Lofoten, entiendes por qué la palabra coolcation ha empezado a colarse en las conversaciones de viajeros hartos del Mediterráneo en agosto. Arena clara, agua turquesa y, detrás, paredes de granito de casi 600 metros. La temperatura del aire ronda los 15-18 °C en julio. La del agua, generosa, apenas llega a 12-14 °C.